
Acusaciones que caen sobre un lánguido despropósito de infringir en las soledades.
Humanas vertientes incapaces de proveer exactamente aquello que necesitamos, calles absolutamente llenas, ¿precisamente de qué?
Atardeceres clonados inventando una paradoja del universo y el eterno retorno.
La pulsión de muerte es probablemente tocar tierra y no querer volver a levantarse.
Evocaciones que se mecen en la tristeza solemne y profunda de la luna, una tristeza que la hace pálida como la nausea.
Un caminar desesperado, innecesario acaso, del gato que ronda de nuevo el tejado, de sus ojos inquisidores buscando vanamente esperanzado, la tierra que hace tanto ya no le pertenece.
Mi infortunio cansado de no merecer un poco de suerte se sienta en el balcón por largas horas a suspirar profundamente –un accionar que se le aprueba y se le consiente, pues es un melancólico-
Bocanadas de viento que arremeten en contra de las copas de los árboles, un ave cae muerta, me aproximo y le doy vuelta al cuerpo inerte con un palito, observo detenidamente el contorno de sus ojos enclaustrados en un plumaje verdoso, parece como si durmiera y pienso admirada que hay cosas que inteligentemente sólo muertas se dejan tocar. Sigo arrastrando los pasos, como si la noche fuera eterna, por allá a lo lejos, alguien grita que hay que ir más de prisa, bajo la vista y simulo no escuchar, pero inconscientemente aligero el paso.
Me fastidia el sin sentido de la peregrinación por el camino de lo que hay que andar, y volteo la vista esperando convertirme en sal, ante mi mirada el gato agazapado al lado del plumaje verde, merodeándolo curioso con sus garras furtivas. Ambos nos hemos sorprendido ante la muerte, pero parece como si el hubiera comprendido algo que yo no, y se queda jugando con ella, yo en cambio continuo con mi caminar desesperado, innecesario acaso.
Humanas vertientes incapaces de proveer exactamente aquello que necesitamos, calles absolutamente llenas, ¿precisamente de qué?
Atardeceres clonados inventando una paradoja del universo y el eterno retorno.
La pulsión de muerte es probablemente tocar tierra y no querer volver a levantarse.
Evocaciones que se mecen en la tristeza solemne y profunda de la luna, una tristeza que la hace pálida como la nausea.
Un caminar desesperado, innecesario acaso, del gato que ronda de nuevo el tejado, de sus ojos inquisidores buscando vanamente esperanzado, la tierra que hace tanto ya no le pertenece.
Mi infortunio cansado de no merecer un poco de suerte se sienta en el balcón por largas horas a suspirar profundamente –un accionar que se le aprueba y se le consiente, pues es un melancólico-
Bocanadas de viento que arremeten en contra de las copas de los árboles, un ave cae muerta, me aproximo y le doy vuelta al cuerpo inerte con un palito, observo detenidamente el contorno de sus ojos enclaustrados en un plumaje verdoso, parece como si durmiera y pienso admirada que hay cosas que inteligentemente sólo muertas se dejan tocar. Sigo arrastrando los pasos, como si la noche fuera eterna, por allá a lo lejos, alguien grita que hay que ir más de prisa, bajo la vista y simulo no escuchar, pero inconscientemente aligero el paso.
Me fastidia el sin sentido de la peregrinación por el camino de lo que hay que andar, y volteo la vista esperando convertirme en sal, ante mi mirada el gato agazapado al lado del plumaje verde, merodeándolo curioso con sus garras furtivas. Ambos nos hemos sorprendido ante la muerte, pero parece como si el hubiera comprendido algo que yo no, y se queda jugando con ella, yo en cambio continuo con mi caminar desesperado, innecesario acaso.
1 comentarios:
Me encantan los gatos! qué bueno!
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