viernes 21 de agosto de 2009

Ese bicho que anda y anda...


La felicidad es acaso el minuto ese en que todo parece brillar de manera exponencial, y la lucidez momentánea de esa realidad impide ver que atrás están los días apilados, los años, la vida. La vida caduca y momentánea.
La felicidad es acaso ese pedazo de luna que encontramos en la cama pero que no tiene otro remedio más que convertirse en sol, es acaso ese guiño de sublimidad que nos recorre la espina dorsal y nos adormece ante el vértigo placentero entre la vida y la muerte de un beso.
La felicidad es acaso el universo eclipsándose en tus ojos en un segundo, es acaso el respiro pausado que se desprende de tu muerte sigilosa entre un lecho de rosas, es quizá el viento que te golpea suavemente recordándote que estás vivo, es quizá el sonido que produce la garganta cuando se queda sin palabras, la felicidad es acaso seguir recostándose en el hombro de la esperanza, es acaso vestirse para la ocasión de un reencuentro, es quizá verse reflejado en el espejo de la libertad y sentirse satisfecho.

La felicidad es acaso ese momento en que descubres que ese mismo bicho que anda y anda y que se le apareció a Cortázar, también se aparece en tus intentos de existir, también se apodera de tu luna, de tus ojos, de tu eclipse y de tus rosas, y entonces hay que demostrarle, aunque sea con esfuerzo, que sigues siendo feliz.

lunes 10 de agosto de 2009

No es tan sencillo


No siempre resulta sencillo, se lo digo honestamente, tratando de que mis palabras reflejen exactamente lo que quiero decir, como si eso alguna vez hubiese sido posible. Sin embargo me mira, con esos ojos, esos ojos incrédulos que me cuestionan de nuevo. Pero si es lo más natural del mundo, ¿cómo no va a ser sencillo? No lo es, de verdad que no lo es. A veces se vuelve sumamente difícil, es como si el mundo se posara sobre mis debilidades, como si de pronto, jamás hubieran habido tortugas deteniendo el planeta, pero sí mis hombros.
Me observa de nuevo, cree que exagero, que la vida sería más ligera si no fuese por mi vocación obsesiva de ver el otro lado de las cosas. Lo sé, pero es que no puedo obviar esas cosas que se resbalan por todos los ojos de las multitudes, pero que sin embargo se aferran a los míos, como se aferran dos amantes en una despedida. Quizá si existe el destino ese sea el mío, el que no me sean tan fáciles las trivialidades de todos, el que me parezca que hay algo mas que no hemos comprendido, el que presienta que hay algo más que afilar los dientes entre la comida.
Trato de explicárselo pero hace rato que sus ojos están perdidos entre lo invisible que se esconde en el viento, le tomo la mano, y le susurro que espero que me crea, que talvez nunca llegaré a ser lo que se espera que sea, que talvez nunca cumpliré con el decálogo de la razón de la existencia, firmado y sellado por el grupo ocho, o el grupo que sea, pero que sin embargo, si algo no quiero perder en la vida es el hecho de que me cueste, aunque a todos les parezca tan sencillo, exhalar e inhalar, si no va unido a un intento por hablar en la boca de los dioses.

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