
“Cierto que cuando aprendí que la vida iba en serio
quise quemarla deprisa jugando con fuego
y me abrasé defendiendo mi propio criterio
porque vivir era más que unas reglas en juego.” Aute
Hoy me encuentro de nuevo con el paso del tiempo y el latir de mi existencia, temblorosa voy repasando ante el espejo el misterio más fundamental de lo esencial de vivir, porque es evidente que estoy aquí, pero sigo careciendo de rutas pasadas concretas y más aún de caminos venideros exactos. Todo es impreciso, intuitivo, místico.
Me resulta ocioso y a la vez imposible de evitar el cuestionar la función que desempeña mi propia existencia dentro del devenir del sujeto histórico tal como lo concibió Hegel, porque por alguna razón que no logro formalizar del todo me ilusiona puerilmente la idea del sentido exacto, de la precisión de un plan divino que bien podría ser falso y demostrar únicamente el caos nitzchiano del universo.
Resumiendo, veintiséis años de conciencia parcial, quién sabe cuantos más yacen y se recrean en el inconsciente. Recuerdos vagos de una niñez temprana fragmentada entre lo bucólico de la inocencia y la nostalgia de lo indefenso. Un camino adolescente absolutamente prescindible de lo que la eternidad me revela importante y fuertemente marcado por el conocimiento nada teórico de la pulsión de muerte, una cadena de momentos casuales, independientes, que colisionan unos con otros contrastando una vida, mi única vida llena de personajes que acaso todos desembocan en lo que soy ahora. Melancolía, sobre todo mucha melancolía, porque sí, la vida pesa y es absurda. Pero claro que la viviría de nuevo sólo por ver sus ojos inmensos incrustados en la belleza única del universo, y porque en el fondo es hermosa y se entiende porque los organismos se aferran a ella, se prolongan y se inmortalizan de todas las maneras posibles. Estar vivo es la paradoja más inmensa de la que tantos y tanto nos hemos ocupado y vamos sospechando cosas, o acaso recordándolas, por ejemplo que lo importante nunca es lo tangible o que fuera de toda esa realidad señalizada, etiquetada, y llena de signos hay un nivel más auténtico, natural y al final de cuentas entrañable a la existencia misma. Soplar una vela en una tarta, pedir un deseo: nimiedades capaces de hacernos olvidar que en un siglo todo será polvo, todo será nada. Sería más conveniente enfrentarse a este instante con todo lo que trae consigo, a la vida que sigue siendo vida porque palpita en este segundo, ahora que soy capaz de reírme de mi propia ambigüedad, y de atreverme a abrirme una senda porque me he desviado voluntariamente de los caminos establecidos, al final todos llegaremos a Roma, por lo tanto que la vida sea a mi manera. Lo siento por mis padres que mientras vivan llevarán sobre ellos la cruz de mi locura, porque en el fondo quisieran que viviera la vida de la manera que se supone hay que vivirla, esto es siguiendo todos los estatutos socialmente aceptados, pero la apacibilidad para mí ya es tarde, para mi la vida ya no es comodidad, ni es una ruta predeterminada para llegar a la felicidad, para mi la vida es riesgo, es vivir intensamente y con todos los sentidos expuestos a todo lo que se desprenda de ella, para mi la vida se resume en este único momento en el que soy capaz de ser la vida misma resuelta a seguir experimentándose crítica, poética y evolutivamente. Y en medio de todo poder sonreír maliciosamente frente al espejo inventando futuro.